Es tarde y todavía no ha vuelto. Permanezco sentada mirando el televisor mientras intento no quedarme dormida. Estoy preocupada ¿Dónde estará? ¿Y si le ha pasado algo? Calma. Ya es mayor. No, no puedo estar tranquila ¿Cómo ha pasado el tiempo tan rápido? Hace nada era un niño adorable, inocente, cariñoso... pero ha crecido... y yo también. Me miro al espejo y no me reconozco. Antes no era así. Esas arrugas no estaban ahí. Esas ojeras tampoco. Ni esos ojos cansados. Ojalá estuviera su padre para tener algún apoyo, pero no está, se marchó hace mucho, no estábamos bien. Vuelvo a mirar el reloj. Las cinco de la madrugada. Vuelvo a llamarle al móvil. Recuerdo que mi madre hacía lo mismo, ahora la entiendo. Y yo la llamaba pesada... Oigo como la puerta se abre con sigilo y que alguien entra. Tiene mala cara y me mira desde el centro del salón durante un segundo antes de salir al cuarto de baño corriendo. Ha bebido demasiado. Le riño, y él me dice que no le comprendo ¿Cómo no le voy a comprender si yo también he tenido su edad? Pero entonces veo cómo lágrimas incontroladas manan de sus ojos y cae de rodillas. le calmo mientras llora sobre mi regazo en el suelo frío y húmedo del servicio. Me cuenta lo que le ha pasado, su padre ha muerto en un accidente ¿Porqué le han llamado a él y no a mí? Claro, su hijo ya es mayor de edad y yo divorciada. Intento consolarle pero, ¿Que puedo decir? Nos quedamos en silencio mientras intento no desmoronarme, le quise mucho. Mi hijo se levanta del suelo él solo y tras una breve mirada se encierra en su cuarto. Lleva semanas sin salir. Un corazón es fácil de romper pero difícil de reparar e imposible de hacerle olvidar.
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